Este año no ha sido benévolo con nosotros. En pocos meses varios de mis allegados muy queridos se han ido. Unos por la edad, otros una verdadera sorpresa y también los que padecían una enfermedad. El asunto de la muerte tiene que ver con los ritos que creamos entorno a ella.
En los velorios
tradicionales se reencuentran familiares
y amigos que no se habían visto por años, debido a la dinámica de la
vida. Pero al encontrarnos volvemos a tomar las cosas en el punto donde lo dejamos, reviviendo los
agradables momentos que compartimos.
Con la nueva opción de la
cremación, el rito del velorio prolonga el momento del paso por este mundo al
otro. No solo se vive el momento del velorio tradicional, donde familiares
pasan a dar el pésame y repetir la tradicional frase “Pero quedo igualito” o
“Que paz muestra”. Sino que luego se lleva al difunto y su círculo íntimo a un
nuevo rito, donde se prepara el cuerpo para quemarlo.
Para el familiar encargado
de seleccionar la urna, ir a la prefectura, el forense, hacer los trámites
administrativos del cementerio o en este caso la cremación. Es una carga
adicional a los rituales. El proceso de esperar el final, se hace eterno, dos, tres horas o mas de acuerdo a la contextura
del occiso. Entregan el producto en una cajita, como si fuera un regalo, son las cenizas.
Este último acto es una
carga emocional que va más allá de los límites que una persona debe soportar en
tan delicado momento. Entonces cuando la persona que expresa su deseo de ser cremada
lo hace debe pensar en el albacea de sus
deseos. Elegir una persona, que no sea muy cercana a ella.

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